Una mirada a la adopción

Me sentí muy triste cuando por los medios de comunicación se habló hace unos días del abandono de niños adoptados. En este caso publicar esas noticias puede hacer mucho daño a las mismas victimas. A cuantos niños adoptados se les encogerá el corazón cuando, escuchen por los telediarios, lean, oigan comentar… que otros niños con sus características, los padres los devolvieron, pensando que ellos pueden ser los siguientes. Ese miedo a no ser queridos ya les acompaña siempre, no lo amplifiquemos. Si esa misma noticia tuviese un espacio por pequeño que fuese donde se diera una solución, consejos a seguir, algo que ayudara a reconciliar o mostrar otros caminos, si valdría la pena su publicación.
Deseo hacer llegar a los padres adoptivos unas reflexiones por si pueden serles  de utilidad. También mi hijo ha querido participar con unas palabras profundas y sinceras que os copio más abajo.
Me llamo Marina y soy madre no biológica. Lo recordé al tener que presentarme, normalmente no me acuerdo, solo sé que soy madre, así me siento y me comporto.  Mi hijo, un joven estupendo de 20 años que está cursando 2º curso en la universidad, que nos quiere de verdad, nosotros,  su padre y yo así lo percibimos. Tenía cinco años cuando tuvimos la dicha de ser sus padres y nuestro cariño hacia él  es el mismo que entonces. Supongo que eso es igual en todos los padres, incluidos esos que han tomado esa decisión desacertada y dolorosa para las dos partes porque no se han podido comprender.
No siempre es un jardín de rosas, hablo de su adolescencia. Ningún padre ya sea biológico o no se libra de pasar unos años caóticos. A veces cuesta comprender que aquel niño, antes, tan dulce sea capaz en ocasiones de plantarte cara y protestar con tanta fuerza, cuando nuestra intención es enseñarle a seguir el camino que creemos más correcto para él.
No pensemos que nuestro hijo,  por tener ya padres, quererlo igual que si fuese biológico, darle todo lo que creemos que necesita… ya es o será, feliz para siempre,  pues no, yo creo que la mayoría de ellos viven sufriendo y angustiados hasta que son bien adultos. El miedo a otro abandono  o  que podamos dejar  de quererlos  si ellos no saben dar lo que esperamos,  les acompaña más a menudo de lo que pensamos. Cuando se acerca la adolescencia que las emociones son tan difíciles de controlar debemos tener presente que la relación con ellos puede empeorar y prepararnos para eso, pensando  que nosotros también llevamos nuestra carga de emociones negativas que se despiertan y atacan, aunque sea más sutilmente también hacen daño.
EDGAR TOHOLLE  en su libro “Una nueva tierra” en los capítulos 5/6  dice que todos tenemos un cuerpo del dolor cargado de emociones negativas, que cuando está hambriento suele hacer daño a alguien para alimentarse. Yo lo encontré muy interesante. Os copio al final unos párrafos de su libro por si le sirven de ayuda  a alguien. Comprender que nuestro cuerpo del dolor busca inconscientemente sufrir y hacer sufrir esclarece muchas cosas y comprendes reacciones fuera de lugar muy dañinas, en ti y en los demás, si percibimos porque pasa le podremos poner remedio más fácilmente.
Mi opinión sobre:
Premios y castigos; Mejor ninguno. El niño que hace las cosas para recibir un premio o para no recibir un castigo nunca aprenderá a discernir por si mismo la actitud correcta, esa que siempre te deja satisfecho y feliz.
Prohibiciones; Seleccionar muy bien las que creamos necesarias, explicar con sinceridad por que se prohíbe y hacerlas cumplir siempre, aunque nosotros salgamos perjudicados con esa prohibición.
Ante una discusión; Mantener la calma y esperar. Sera difícil hacerlos entrar en razón cuando están alterados. Si participamos en la batalla posiblemente la perderemos y de camino saldrá de nuestra boca alguna palabra no adecuada que solo servirá para echar más leña al fuego. Es difícil encontrar el momento adecuado para comunicarles algo durante la adolescencia, tiene que coincidir que nosotros estemos en calma, centrados, en equilibrio… y ellos receptivos. Como son muchas las cosas a comunicar y poco momentos adecuados puede facilitar la tarea dejarle una nota, pero no una cualquiera, tiene que estar escrita con el corazón. Explicándole en ella  el motivo de nuestra postura con sinceridad, sin olvidarnos del contenido más importante, decirle lo que más necesita: Que lo queremos, que lo querremos igual haga lo que haga y diga lo que diga. Que le amonestamos si su actitud no es buena porque queremos lo mejor para él y que nos importa mucho. Una discusión con los  padres siempre deja una huella amarga. Cuando vuelve a ser él y reflexiona sobre lo ocurrido, es probable que se sienta solo, desesperado y arrepentido, pensando tal vez, lo más doloroso para él “que dejaran de quererlo”
Padres; No se puede aconsejar formas de actuar, tampoco deberíamos criticar las de otros, porque cada persona hace lo que puede según sus capacidades y desarrollo interior que tenga. La mejor manera para afrontar la delicada tarea de ser padres es que trabajemos antes en nosotros solucionando nuestros problemas interiores, todos los tenemos en un grado u otro y nuestros hijos captan más fácilmente eso que las palabras bonitas que les digamos. Si somos inseguros, tenemos miedos, somos susceptibles… eso les transmitiremos, eso heredaran y si funcionamos bien, nuestros actos y decisiones serán más adecuados a cada  situación. Si las circunstancias de la  vida han puesto en nuestro camino a ese hijo es porque él nos necesita y nosotros lo necesitamos. Todo trabajo y esfuerzo para mejorar la relación lo veremos gratamente compensado.
Si alguien desea conocer material que los puede orientar para los trabajos interiores, os indico el que yo encontré muy apropiado. Son unos cursos de psicología de la autorrealización que impartía ANTONIO BLAY. Se pueden descargar de su web:  www.antonioblay.com  también los mismos cursos están transcritos en libros.
Mi hijo ha querido participar. Os copio  su reflexión, dirigida a los  padres adoptivos y sus hijos.
¿Por qué?
Cuántas veces desde que tengo memoria me he preguntado esto, como si lo tuviera grabado en mi mente y no pudiera borrarlo. Cuando era pequeño y me encontraba en el orfanato compartiendo espacio con otros niños como yo, no concebía la idea de familia. Era una idea lejana a mí. Solía mirar por el patio del recinto y a veces podía ver una pareja con sus hijos paseando, una madre cuidando de su pequeño, un padre acompañando a su hijo al colegio…  y solía preguntarme, ¿por qué? ¿por qué nosotros no?
Un buen día llegó mi oportunidad, tuve la suerte de ser adoptado por una pareja española. Para mí fue como volver a nacer, descubrir un mundo nuevo de cariño y amor. El hecho de ser ayudado a crecer, a formarme, protección, ser arropado por la noche, recibir un abrazo o un beso… tantas cosas que para mí eran desconocidas me hacía sentir bien, tan sólo sentía que tenía que dar cariño y recibirlo. Me llenaba por dentro, aparentemente. Era un chico que necesitaba mis largos ratos para estar conmigo mismo, y en esos momentos es cuando mis demonios afloraban. Quizás a tan corta edad tampoco comprendía que representaba eso, pero la misma pregunta volvía a mi cabeza, ¿por qué? Parecía no tener respuesta. Era como tener dos facetas. En una había un mundo de luz y esperanza, y en la otra una tristeza conocida pero incomprensible. Cuántas veces en mi soledad me arropaba en la oscuridad. Sentimientos de culpabilidad, de no ser suficientemente bueno, no ser merecedor de todo lo bueno que me estaba pasando, siempre con una inseguridad clavada en mí ser, con el miedo a que aquello sólo fuera pasajero y que pronto volvería a sentir un abandono ya conocido.
A medida que iba creciendo iba progresando bien y ya me había adaptado. Esa era ya mi vida. Pero también, mientras crecía por fuera, por dentro también crecía un dolor y una rabia que siempre me había acompañado. Al llegar a la adolescencia fue cuando todo explotó. Es normal que cuando se llega a esa etapa se muestre rebeldía, pero en mi caso fue algo más. Todo el dolor, la rabia, angustia, culpabilidad, resentimiento, incomprensión afloró sin saber de dónde provenía. Recuerdo que era como estar en una burbuja de pura oscuridad que no me dejaba vivir con tranquilidad. Tan sólo quería estar solo y librarme de todo eso y quien acabó siendo blanco de mi ira fueron las dos personas más cercanas a mí, mis padres. En realidad ellos tan sólo querían ayudarme, se preocupaban por mí, me cuidaban sin descanso y aguantando cualquier cosa que les echaba encima. Pero dos personas que han hecho el esfuerzo tan grande de dar amor y cariño a un niño que no es sangre de su sangre sólo porque quieren, sienten y necesitan dar amor, no merecen ser tratados así. Pero en parte tampoco se nos puede culpar a los adoptados, hay mucho sentimiento oculto que desconocemos y algún día tiene que aflorar.
Admiro la fortaleza y valentía de mis padres. No pudo ser fácil para ellos y supongo que en muchos momentos quizás querían echar la toalla, pero continuaron a mi lado y me cogían de la mano y me levantaban cuando lo necesitaba, aunque eso les hiciera caer a ellos.
Párrafos del libro “Una Nueva Tierra” de EDGAR TOHOLLE 
Casi todos los seres humanos llevan en su campo de energía un cúmulo de dolor emocional, el cual he denominado “el cuerpo del dolor”.   Todos los vestigios de dolor que dejan las emociones negativas fuertes y que no se enfrentan y aceptan para luego dejarse atrás, terminan uniéndose para formar un campo de energía residente en las células mismas del cuerpo. Está constituido no solamente por el sufrimiento de la infancia, sino también por las emociones dolorosas que se añaden durante la adolescencia y durante la vida adulta, la mayoría de ellas creadas por la voz del ego. Este Campo de energía hecho de emociones viejas pero que continúan muy vivas en la mayoría de las personas, es el cuerpo del dolor. 
El cuerpo del dolor es una forma semiautónoma de energía, hecha de emociones, que vive en el interior de la mayoría de los seres humanos. Tiene su propia inteligencia primitiva, muy parecida a la de un animal astuto, y el principal objetivo de esa inteligencia es la supervivencia. Al igual que todas las formas de vida, necesita alimentarse periódicamente (absorber nueva energía) y su alimento es la energía compatible con la suya propia, es decir, la energía que vibra en una frecuencia semejante. Toda energía emocionalmente dolorosa puede convertirse en alimento para el cuerpo del dolor. Es por eso que tanto le agradan al cuerpo del dolor los pensamientos negativos y el drama de las relaciones humanas. El cuerpo del dolor es una adicción a la infelicidad.
Es probable que usted se sienta sorprendido al saber por primera vez que hay algo en su interior que busca periódicamente la negatividad emocional y la infelicidad. Es preciso estar más conscientes para verlo en nosotros mismos que para verlo en los demás. Una vez que la infelicidad se apodera de nosotros, no solamente no deseamos ponerle fin sino que tratamos de que los otros se sientan tan infelices como nosotros a fin de alimentarnos de sus reacciones emocionales negativas. 
El cuerpo del dolor despierta cuando siente hambre y es hora de reponer la energía perdida. Pero también un suceso puede activarlo en cualquier momento. El cuerpo del dolor que se dispone a alimentarse puede valerse del suceso más trivial para desencadenar su apetito, desde algo que alguien dice o hace, o incluso un pensamiento. Si la persona vive sola o no hay nadie cerca en el momento, el cuerpo del dolor se alimenta de los pensamientos. De un momento a otro, los pensamientos se tornan profundamente negativos. La persona estaba seguramente ajena al hecho de que justo antes del torrente de pensamientos negativos una oleada de emoción invadió su mente en la forma de un estado de ánimo negro y pesado, de ansiedad o de ira. Todos los pensamientos son energía y el cuerpo del dolor procede a alimentarse de esa energía.
 Cuando tenemos personas a nuestro alrededor, especialmente el cónyuge o un familiar cercano, el cuerpo del dolor busca provocarlas para poder alimentarse del drama que seguramente sobrevendrá. A los cuerpos del dolor les encantan las relaciones íntimas y las familias porque es a través de ellas que obtienen mayor alimento.
Es difícil resistirse cuando otro cuerpo del dolor está decidido a provocar una reacción en nosotros. Conoce instintivamente nuestros puntos más vulnerables. Si su primer intento no prospera, ensayará una y otra vez. Es emoción pura a la caza de más emociones. El cuerpo del dolor de la otra persona desea despertar el nuestro para que los dos puedan alimentarse mutuamente.
Un niño abandonado o descuidado por sus padres en la infancia seguramente desarrollará un cuerpo del dolor que tenderá a activarse en todas las situaciones que resuenen aunque sea remotamente con su sufrimiento primordial de abandono  
 La infelicidad del cuerpo del dolor siempre es completamente desproporcionada en relación con su causa aparente. En otras palabras, es una reacción exagerada. Es así como se la reconoce, aunque generalmente no es la persona poseída quien la reconoce. Una persona con un cuerpo del dolor pesado encuentra fácilmente las razones para sentirse alterada, molesta, afligida, triste o temerosa. Las cosas relativamente insignificantes que en otra persona provocarían solamente un encogimiento de hombros y una sonrisa indiferente, se convierten en la causa aparente de un sufrimiento intenso. Y claro está que no son la causa verdadera, sino el factor desencadenante, el cual revive las viejas emociones acumuladas. La emoción se aposenta luego en la cabeza, donde amplifica e imprime energía a las estructuras egotistas de la mente.
Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.